Bueno, para bien o para mal,aún no ha llegado el final. Aquí tenéis un segundo capítulo, aunque realmente sería el primero, y lo anterior un mini-prólogo.
El camino más largo empieza con un paso. -Heimdall, el escaldo sin talento, pero con buenos amigos.
El hechicero eremita
Adam se giró a medias en su montura, esperando la reprimenda de su compañero. A pesar de ser lo que era, fuese lo que fuese, que ni él mismo lo sabía, consideraba a Kirchov un amigo. Aunque fuese un mero mortal a sus ojos, le complacía su compañía. Su dilatada compañía a decir verdad, pues hacía siglos que se conocieron. En esta ocasión sin embargo, Kirchov permanecía en silencio, mirando al frente en su caballo.
-¿No vas a volver a despotricar contra mi despreocupación?- realmente le sorprendía aquello, Kirchov era como una vieja monja mojigata y precavida hasta el extremo. Una monja de ciento cincuenta kilos de puro músculo, claro, pero monja al fin y al cabo.
-Paso. No te voy a convencer y no tengo ganas de discutir- la lluvia siempre le irritaba, lo cual hacía más divertido mofarse de él sin piedad como solo los auténticos camaradas podían hacerlo sin herir.
-Pero eso lo sabes siempre, ¿por qué ese cambio de actitud? Me divierte que intentes hacer entrar algo de razón en mi dura cabeza- un gruñido mosqueado fue toda la respuesta que recibió. Adam decidió que ya estaba bien por el momento, le dejaría descansar a menos hasta los próximos cinco minutos. Sin embargo Kirchov no le dio tanto tiempo a él. No habían pasado treinta segundos cuando volvió a la carga.
-Es eso, ¿no? Te gusta hacer estupideces. Sabes que Ifmir ha estado muy cerca últimamente y no contento con no largarnos de aquí a toda prisa, te empeñas en hacer que llamemos la atención constantemente. Cuando te corte la cabeza, espero estar vivo para decir ‘te lo dije’. Además, ¿qué coño hacemos cabalgando con este tiempo? Usa tus habilidades, ¡¡me tienes hasta los mismos cojones!!……- la diatriba solía prolongarse durante varias horas si Adam le dejaba. Era un pasatiempo, ambos sabían que no se arriesgaban tanto de hecho, y que Adam no podía “usar sus habilidades” para arreglar lo de la lluvia. Eso sí llamaría la atención de Ifmir. Siguieron por el camino un par de horas aún, no necesitaban detenerse al anochecer, pero quizás por costumbre, lo llevaban haciendo todo el viaje. Encontraron un lugar resguardado, y se dispusieron a pasar la noche. Kirchov preparó algo que llevarse a la boca, ofreciendo a Adam cuando estuvo listo, todo el rato en silencio. Sin embargo Adam no tenía ganas de comer hoy. Nunca lo necesitaba, pero en ocasiones, le gustaba hacerlo.
-¿Sabes? Creo que ya se por qué podemos armar el ruido que queramos, Kirchov- murmuró pensativo mientras oteaba las montañas cercanas. Kirchov apartó el cuenco en el que comía, entre gruñidos más propios de un oso que de un hombre.
-¿Y bien?…¿me lo vas a decir o solo estás aburrido?
-Ifmir lleva mucho tiempo sin un verdadero reto. Se ha relajado. Solo nos busca guiado por…..bueno….ya sabes, eso que sólo notamos él y yo- Adam siempre se sentía incómodo al hablar de su naturaleza, y ciertamente sólo lo hacía cuando entraba el nombre de Ifmir en la conversación. Kirchov lo sabía, pero su curiosidad era demasiado fuerte para no insistir.
-¿Que quieres decir? ¿Que no tiene espías buscándote? ¿Que no se dará cuenta si cabalgamos delante de sus narices?…No seas absurdo.
-Por supuesto, eso sería excesivo. Pero seguro que si le llegan noticias del asalto de uno de sus carros de provisiones, lo achaca a vulgares ladrones y no a nosotros.
-Bueno bueno…no te quemes el coco pensando. Tú no sé, pero yo me caigo de sueño. Buenas noches- finalizó Kirchov alejándose un poco hacia su saco. Adam sonrió levemente, girándose a su vez hacia las montañas de nuevo. Dormir…eso si lo necesitaba, pero esta noche no podría dormir. Esa idea le abría multitud de nuevas posibilidades y su mente necesitaba explorarlas todas. Quizás no era nada, una tontería, pero no podía dejar pasar una oportunidad si no era ese el caso. Ifmir, a pesar de su despreocupación, podía encontrarles en cualquier momento. Quería, necesitaba, tener algo preparado para cuando sucediese, que sucedería. El amanecer le saludó sin que hubiese resuelto nada. Kirchov despertó puntual, como siempre, poco después de que aclarase. Y también como siempre, no despertó cantando, sino gruñendo y maldiciendo la vida en el camino. No eran los únicos en madrugar, algo delante, probablemente en el camino poco definido que cruzaba la zona, se oía ruido de caballos… caballos y ruedas. Adam pareció salir de su meditación para divertirse. Divertirse según él. Ponerles en peligro mortal a ambos, según Kirchov. Sin embargo, siendo la misma historia de siempre, pensó que por qué cambiarla. Se alejó un poco del improvisado campamento nocturno, acechando por entre los árboles para saltar al encuentro de los viajeros. Casi estaban ya delante. Apartó una rama para saltar sobre ellos…si, era el momento, y….
El carruaje se alejaba por el desastroso camino. Adam gruñía bajo una enorme manaza. Kirchov sonreía enseñándole el dedo corazón de la otra mano.
-Has sido descuidado- nueva sonrisa -¿Estás seguro de que te encuentras bien?- Kirchov estaba disfrutando aquello -Creo que Ifmir no es el único que subestima al resto del mundo, jejeje…
La guasa continuó unos minutos, hasta que el carruaje estaba lo suficiente lejos. Adam intentó no mostrarse enfadado, pero la risa de Kirchov se lo ponía realmente difícil. Aprovechando que el tiempo parecía haber mejorado desde la víspera, se pusieron en camino en unos minutos. El episodio del amanecer no les agrió el humor ni mucho menos, aquello era casi continuo en el tiempo que llevaban juntos. El hecho de que no hubiese nubes ni niebla les permitía bastante campo de visión, de modo que en lugar de ir al paso lento y precavido de días anteriores, casi iban al galope. Ya casi estaban en las montañas de Sulyndia, donde esperaban encontrar al viejo eremita que, según decían, conocía bien a Ifmir. A Kirchov le preocupaba este encuentro. Adam parecía obsesionado con Ifmir, cosa que entendía, pero no podía dejar de preocuparse. Si el viejo no le decía algo interesante a Adam, a saber que podría ocurrir. Y si, como habían oído, conocía bien a Ifmir, lo más probable es que no les dijese nada. Kirchov pensaba todo esto mientras le contaba a Adam cualquier historia sacada de su cabeza, maquinalmente. Había aprendido a hacerlo de tal modo que cuando terminaba, apenas recordaba lo que había contado, puro cuento casi siempre.
-Y entonces aparecieron aquellos cuatro hombres con… ¿eh? ¿Has dicho algo?
-Ahí está el camino que sube por la montaña. Ya casi estamos- respondió Adam taciturno.
-Bien, creo que es momento de hablar sobre esto, Adam.
-¿Hablar? ¿Qué hay que hablar?
-Bueno… ¿Has pensado en que tal vez ese anciano no quiera contarte lo que quieres saber?
-Pues le obligaremos- respondió encogiéndose de hombros -¿Cuál es el problema? Ya sé que te disgustan estas cosas… pero no hay otra solución, quiero terminar con el asunto de Ifmir de una vez por todas.
-Siempre hay otra solución… pero eso no es lo que me preocupa. Todo esto podría ser una trampa o algo. Cosas peores nos han pasado.
-Tonterías…
Adam hizo un gesto de desdén, pensando que Kirchov iba mutando poco a poco en una vieja timorata. Éste, sin embargo, seguía con su mueca de preocupación, y miraba atrás con frecuencia. El ascenso a la montaña era fácil, contra lo que parecía desde más lejos. El camino que en llano era tan desastrado, al iniciar la pendiente estaba mucho más cuidado y definido. Después de todo, no era extraño. El viejo anacoreta gozaba de una gran reputación como “mago” y la gente de los alrededores le visitaba a menudo. Algo que seguramente le irritaba mucho. Desde donde se encontraban aún no se veía entrada a cueva alguna, pero según las últimas indicaciones que les habían dado, debería estar ahí, y el camino lo confirmaba.
-¿Por qué no…. ya sabes…preparas algo por si acaso?-murmuró Kirchov haciendo un gesto raro con la mano derecha.
-Ya te he dicho que eso sería decirle a Ifmir dónde estamos. Kirchov, eres listo… apréndetelo de una vez, joder.
-Ya ya ya… pero… de todas formas va a saber dónde estamos tras hablar con el viejo. ¿Qué más da?
-Eso le llevará más tiempo, el tiempo que necesito para hablar con tranquilidad con ese hombre. Tú me has visto moverme deprisa si hace falta. Te aseguro que él puede hacer lo mismo- zanjó la cuestión. Una última mirada atrás de Kirchov, y la entrada a una pequeña cueva casi les sorprendió mientras subían. En efecto, había plantas a la entrada, plantas en tiestos. Además se oían voces desde dentro. Dos al menos. Podían entrar perfectamente a caballo, pero decidieron hacerlo a pie. Pese a ir vestidos como vulgares mensajeros, o algo similar, el ojo preparado para ello advertiría sin problemas que sus caballos eran de guerra, entrenados para ello. Si aquello no era suficiente, los dejaron sueltos, sabedores de que no se escaparían ni se alejarían más de un par de metros. Kirchov cogió su espada, envuelta en tela aún, para protegerla de la humedad. Al hacerlo, advirtió que Adam no hacía lo mismo, la dejaba con el caballo. Aquello le molestó, no solía hacer esas cosas. Aunque si se ponía “nervioso”, ciertamente no necesitaba la espada. Eso le preocupaba más incluso, a pesar de sus discusiones sobre ser discretos o no. Una vez dentro de la cueva, las voces seguían oyéndose, pero deberían haber llegado ya hasta el lugar donde las situaban. Sin duda la forma de la cueva deformaba el sonido o algo. Adam hacía ruido al caminar deliberadamente, para avisar de su presencia. Si el anciano tenía visita, podían asustarse al ver aparecer de repente dos hombres. Tras unos metros de caminata, el camino se ensanchaba, hasta formar una especie de habitación, en la que ardía un fuego en un rincón. Pieles de animales adornaban el suelo y paredes, y en general, el lugar parecía habitado, lógicamente. No obstante, allí no había ningún viejo. Tampoco se veía por ningún lado a la otra voz, de hecho, ambas habían callado. Adam y Kirchov fruncieron el ceño al mismo tiempo, pero mientras el primero parecía estar enfadándose por momentos, el segundo ya pensaba en qué podía estar ocurriendo.
-¿Qué broma es esta? ¡¡Anciano, muéstrate!!- gritó Adam caminando por la estancia. No se veían otras salidas aparte de la que ellos habían usado para llegar allí…
(Continuará… quizás…)
PD: Lo siento si las tabulaciones no andan muy finas, el procesador de textos del blog me vacila vV.